Acto 4: La Justificación: El acto regenerativo de la Gracia de Dios
El pecado es un proceso espiritual mucho más complejo que el simple acto de transgredir la voz de Dios. Por efectos didácticos, a todos los creyentes, tan pronto fuimos integrados en una comunidad de fe, se nos enseñó que la definición de pecado consistía en transgredir el mandato de Dios, y por muchos años nos bastó esa definición para construir sobre ella una vida que veía en el pecado sencillamente aquello que estaba contrario a la voz o a la voluntad de Dios. Sin embargo, si así fuera de simple, es decir, si el pecado tan solo fuera transgresión al mandamiento de Dios, ¿por qué hubo necesidad de que el Hijo de Dios tuviera que entregar su propia vida para rescate de todos los pecadores? ¿No habría habido otra forma más simple para resolver esta desviación?
Si el Hijo de Dios tuvo que rescatarnos a costa de su propia vida, quiere decir que el pecado es mucho más complejo de lo que hemos pensado hasta ahora. Efectivamente, el pecado se constituyó en un «cordón de tres dobleces que no presto se rompe«. El pecado provocó que la advertencia de Dios a Adán de que si comía del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal moriría indefectiblemente, se convirtiera en una condena de muerte, que amenazaba tanto la existencia terrena como la vida espiritual; y no solo eso, el pecado provocó que la imagen y semejanza de Dios se trastocara y se convirtiera en la imagen y semejanza de Satanás; y sobre todo, el pecado provocó que la conciencia del hombre le acusara y le persiguiera durante toda su existencia sin margen de libertad a causa de la culpa por el pecado.
Así que el pecado es todo un proceso espiritual que no tan fácilmente puede ser resuelto. ¿Cómo es posible que ante toda esta secuela de parentesco satánico, el hombre pueda optar a la justificación ante Dios? la respuesta es evidente: humanamente imposible. Pero, como lo que para el hombre es imposible, es posible para Dios.
La presencia de Jesús en la cruz del Calvario constituye los actos de salvación de Dios al hombre, que como sucedió en el caso de la liberación del pueblo de Israel de entre los egipcios, que necesitó de diez plagas para romper los lazos de la esclavitud, así similarmente la encarnación de Dios en Jesús y su eventual posición en la cruz fueron la ejecución de varios actos de salvación, todo según los rigores de esclavitud que el pecado desarrolló sobre el hombre desde el momento de la desobediencia.
Jesús, al ocupar el lugar del hombre pecador en la cruz, hace que las consecuencias del pecado sean desvirtuadas. Este es el primer nudo que es desatado. Los siguientes dos nudos consisten en la declaración de inocencia que libra al hombre de la condena de muerte, y el tercero, en la declaración de justificación que lo capacita para, inmediatamente después, con y por la resurrección de Jesús, ser digno de la reconciliación con el Padre.
¿Cómo opera realmente esta justificación en nuestra vida diaria? ¿Qué significa vivir como personas justificadas por Cristo? ¿Cómo podemos experimentar la libertad de una conciencia limpia y abandonar verdaderamente la vida de pecado?
Te invitamos a profundizar en estas preguntas cruciales para tu vida espiritual en nuestro próximo encuentro «Justificados en Cristo para vivir en libertad y sin culpa». No pierdas la oportunidad de descubrir cómo la justificación que Cristo ofrece transforma radicalmente tu identidad y te capacita para una nueva forma de vivir.
pastor Pedro Montoya
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